lunes, 26 de junio de 2017

Mil consejos


¡Hey! ¿Qué te piensas que estáis haciendo? —Inquirió aquel hombre de baja estatura y pelo cano —me pienso quitar la vida porque estoy sufriendo demasiado.
El hombre la observó con detenimiento, y después de frotarse asimismo la cara pronunció…, —mujer, pero el puente no es tan alto, y en lugar de suicidarte podríais salir lastimada.
La mujer, que tenía ya una pierna montada en aquella barandilla frunció el entrecejo; —No entiendo, son más de 40 metros de altura —le comentó mientras bajaba la pierna. —Hablemos —le propuso  el hombrecillo —quizá si logro explicaros mi teoría te decidas por otro medio para terminar con tu existencia —¡¿Cómo, acaso no pensáis detenerme?! —no, ¿por qué habría de hacerlo, después de todo es tu vida.
Desconcertada, la mujer se acercó a quien sin mover un dedo le había hecho desistir momentáneamente de tan aberrante decisión…
—Mujer, ¿de verdad te piensas que 40 metros son demasiada altura para quitarte la vida?
—¡Jolín, pero por supuesto que lo es!
—Para mí no, si yo decidiera lanzarme lo haría desde las nubes, y de ser posible…, más alto.
—¡Macho! ¿Estáis orate?
—No, ¿y tú? Te explicaré… Si me arrojase desde las nubes tendría el tiempo suficiente para respirar el aire, tanto, que mis pulmones se llenarían del oxigeno que a muchos les hace falta; eso haría que mi caída fuese más lenta, suave. Extendería mis brazos y mis piernas, ya sabes, como emulando a las aves. Contemplaría la naturaleza, incluso las edificaciones. También me regocijaría mirando a tantas personas del tamaño de una hormiga, yendo y viniendo en busca de la felicidad por muchos tan anhelada.
Hurgaría con la mirada hasta encontrar un establecimiento de esos en donde sirven la comida, ¡claro!, hablo de mi favorita. Allí es donde descendería, y después de comer buscaría un parque, acomodaría mi culo en una de las bancas disponibles en espera de la llegada de una mujer especial. Para cantarle al oído, para besar su boquita, para entregarme a su cuerpo, para decir que me excita.
Sí, eso es lo que yo haría. Y si acaso ella se sintiera de la vida muy cansada, la llevaría por el mundo sin pensar en el mañana, sin dinero en los bolsillos, pero con oro en el alma. Porque la vida es hermosa, porque le tengo confianza, sólo es cuestión de creer, de no perder la esperanza.
—Pero… ¡¿y las vicisitudes, las personas que son malas?!
—No estoy casado con eso, lo mundano no me incita, pero… ¡Jolines, te estoy quitando tu tiempo! ¿Te ayudo a buscar otro puente?

—No señor, muchas gracias, prefiero seguir escuchando, porque su charla es bonita.


Roberto Soria - Iñaki

domingo, 25 de junio de 2017

Bodas de oro


La beso, como si en ese beso le fuera la vida, intentado robar y transmitir simultáneamente ese hálito que sin palabras, citaba la poesía. Le acomodó su cabello, introduciendo sus dedos desde la base y hasta la punta extrema para después… besarla de nuevo. «¿Recuerdas cuando nos conocimos aquella tarde de domingo en primavera?», —le peguntó al tiempo que sus manos le prodigaban a la muer tan amada carretadas de caricias, «y aquí sigues, junto a mí, ofreciéndome la pasión perturbadora como lo hiciste ayer, y como lo has hecho desde hace 18,500 días».
El enamorado se puso de rodillas, ostentando jubiloso entre sus manos una argolla. Suplicante, con lágrimas en los ojos formuló la tan ansiada pregunta contenida en su garganta, esa propuesta que naciera hace poco más de 50 años y que hoy…, la pronunciaba para refrendar el amor que le tenía. —¿Te casarías otra vez conmigo? Te lo pido convencido de que como tú, no encontraré mujer alguna, porque el amor que concebimos sigue vivo, porque te sigo necesitando, porque sigues firme dentro de mi corazón como lo hace la raíz del árbol de los olivos, porque mi piel aunque marchita sigue estando sedienta de la tuya.
El hombre guardó silencio en espera de la respuesta que aliviara su quebranto; con gran dificultad se levantó, y con gran ternura, a su noble compañera…, le acariciaba las manos —Hemos vivido momentos complicados, pero jamás nos hemos separado, hemos experimentado pasajes extraordinarios y con placer, los hemos disfrutado. Es por eso que te ruego…, cásate otra vez conmigo.
Su concentración en el ritual fue interrumpida, un hombre joven entraba al aposento para decir…, —papá, los servicios funerarios han llegado.


miércoles, 21 de junio de 2017

Sueños hechos realidad





La conoció en un sueño, uno de esos sueños de los que no se quiere despertar, un sueño repetitivo en donde las olas del mar se levantan majestuosas… —¿Qué pasa, hombre?—. Le preguntó preocupado el mejor de sus amigos —Nada, Jonás, que la he vuelto a soñar —estáis obsesionado, José Manuel, habéis cogido el mal del marinero.
José Manuel le había contado de sus sueños a su amigo. Se trataba de una Sirena, una de esas deidades existentes aparentemente sólo en la mitología…
—Es mejor que os apuréis, Chema, o llegaremos tarde para la pesca, son casi las 4 de la mañana —le advirtió Jonás mientras terminaba de vestirse.
La pequeña embarcación ya estaba lista, era la hora de realizar la faena. José Manuel y Jonás formaban parte del grupo de pescadores que moraban en esa pequeña demarcación. Chema, —como Jonás lo llamaba—, había quedado en la orfandad desde muy pequeño. A su padre se lo había tragado el mar en una de las jornadas y su madre, víctima de la depresión se había dejado morir.
—¡Jolines!, el mar está muy picado, José Manuel, además, es tarde y se avecina una tormenta—. Le dijo Jonás con algo de dificultad ya que viento era fuerte y las olas se levantaban por encima de los 4 metros provocando gran estruendo.
—¡Jonás, Jonás!; ¡¿escuchasteis?!..., ¡es ella!
—¡¿Qué, de qué coño estáis hablando!?
—¡Escuchadle, me está llamando, debemos navegar mar adentro!
—¡¿Habéis perdido el juicio?!...¡moriríamos!
—¡Debemos ayudarla, está sufriendo, si no queréis apoyarme comprenderé!
Jonás no dijo más. Se internaron entre las embravecidas olas remando con gran esfuerzo —¡Aquí, es aquí, Jonás!—. Gritó José Manuel, y sin decir más se zambulló en el agua.
Minutos de eternidad, así le parecieron a Jonás esos instantes. La tormenta se había desatado… —¡Chema, Chema!—. Gritaba desesperado Jonás, quien estaba a punto de saltar de la pequeña embarcación en su intento por rescatar a José Manuel, pero no fue necesario, José Manuel se montaba ya en la barca con algo de dificultad.
Llevaba consigo un cuerpo, Jonás no podía distinguir porque el torrencial se lo impedía… —¡Rema, vamos, rema!— Gritaba José Manuel.
Cuando llegaron a la orilla José Manuel tomó aquel cuerpo entre sus brazos alistándose para desembarcar, Jonás los miraba con asombro —Es ella, Jonás, la mujer de mis sueños, la que debía liberar, la que debo proteger… Jonás estaba boquiabierto hasta que finalmente pudo pronunciar; —disculpadme, Chema, por favor —¿de qué estáis hablando?, mi gran amigo Jonás —por ser incapaz de ver, lo que tú podéis mirar.

Roberto Soria – Iñaki.

martes, 20 de junio de 2017

El joven de la chaqueta negra


Caminaba 200 metros, ida y vuelta, un poco más de lo acostumbrado. Cobijado por las sombras, el regalo perfecto que le dejaba cada noche. Se sentó sobre la acera e introdujo su mano izquierda en su chaqueta de cuero; negra, resistente como el mismo acero.
Extrajo un lienzo de papel arroz y un envoltorio pequeño que contenía marihuana. Con gran habilidad forjó el pitillo mientras sus ojos observaban en todas direcciones, no por clandestinidad, sino para atisbar la cercanía de su víctima…, pero nada.
Mientras su mano derecha conducía el cigarrillo hacia su boca, su mano siniestra tallaba la cerilla sobre la suela de una de sus botas. Fumó, aspirando el humo una, otra y otra vez hasta que se lo terminó. —Son las 2 de la mañana, de seguro ya no tarda. Según lo que me dijeron debe venir bien forrado de billetes, le voy a clavar el fierro, después le quito el portafolio y, ¡a gozar!— se dijo a sí mismo mientras recorría la zona.
Sus manos temblaban, sabía que necesitaba de algo más fuerte. En el interior de su chaqueta se encontraba el subterfugio perfecto para aminorar su nerviosismo extremo.
Una pequeña bolsa de plástico que se deslizó entre sus dedos, al abrirla le introdujo un popotillo. Aspiró profundo, hasta lograr que el polvo entrara por su fosa nasal, después se relamió los dedos.
3 de la mañana, el esperado no llega, decide regresar al punto de partida, en ese callejón que le sirve como madriguera, pero antes de llegar a la esquina se detiene, algo atípico lo espera. «¡Joder, lo que me faltaba!». Era un auto de la policía, también había una ambulancia.
—¡Hijo, mi hijo!— gritaba una mujer, desesperada por la tragedia ocurrida a ese joven que yacía en el suelo.
—Disculpen, pero necesito hacerles unas preguntas —pronunció en voz alta un oficial de policía. El hombre que acompañaba a la mujer se acercó secándose los ojos —Oficial, él es... es decir, él era mi hijo...

Después de formular las preguntas el oficial se dirigió hasta la patrulla para emitir su reporte por la radio… —Afirmativo pareja, afirmativo; masculino, 17 años de edad, dos perforaciones en el cráneo por arma de fuego, portaba una chaqueta negra, de cuero…

Roberto Soria - Iñaki

lunes, 19 de junio de 2017

En las garras de Morfeo



—Mujer, ¿por qué deslizas una lágrima en tu almohada? —Es porque me siento incomprendida—. Le respondió la mujer al gran Morfeo.
La mujer había sufrido, era evidente. Realizar una lista de sus males sería el equivalente a un gran compendio. Siguió soñando, remendando lo raído de sus penas, abriendo sus valijas viejas, algo muy difícil para ella debido a las dolencias en sus manos por el reumatismo tan perverso que llegó para quedarse, aún ella sin quererlo.
La mujer hizo una pausa en su faena, en medio de su alucinación llegaron los recuerdos. Uno a uno hicieron su aparición los protervos… —¡Les di toda mi confianza, abrí las puertas de mi casa para ellos y a cambio del favor qué es lo que hicieron!, un estoque me clavaron por la espalda—. Lamentaba arrepentida al evocar tales sucesos.
—Pero… ¿Qué estás haciendo?—. La cuestionó Morfeo —Me deshago de este orbe putrefacto y deshonesto —pero, ¡es tu mundo! Además, ¡tú no puedes hacer eso! —¿Por qué no? —¡Porque yo soy el dueño de tus sueños!—. Le dijo al tiempo que le sujetaba de las manos.
—¡Basta ya!—. Decretó la mujer con voz segura, y en un solo movimiento de las garras del captor logro zafarse. —¡Detente, estás arruinando nuestros sueños! —no digas eso, Morfeo, que nos son nuestros, son los tuyos. He vivido prisionera en tus deseos, cual misógino me encadenaste a tu barbarie; pero ya no tengo miedo, ¡Mira lo que hago con tu mundo, con tus puñeteros sueños!
Al ver que la mujer lo retaba destruyendo todo lo que él había edificado, colérico estalló en su contra —¡Ja-ja-ja! ¿Y qué harás, mujer?..., ¡sin mí no vales nada! —equivocado estás, Morfeo, y lo vas a comprobar porque sin ti, voy a construir mis propios sueños.


Roberto Soria - Iñaki

El alma y el mar



Caminaban sobre lo suave de la arena bajo los rayos del sol, y escuchaban el sonido de las olas que rompían en el acantilado. La inmensidad del mar escapaba ante sus ojos perdiéndose en el horizonte… —Papá, —se dispuso a preguntar el pequeñín quien caminaba con su padre tomados de la mano —¿existe algo más grande que el mar?
El padre se detuvo, hilvanó sus respuestas en la mente intentando procesar lo que diría para que el pequeño entendiera sus palabras, sabedor de que su hijo no se conformaba con hacer tan sólo una pregunta. —Sí, hijo, existe algo mucho más grande que el mar; es el alma.
El niño se sentó hundiendo sus pequeñas manos en la arena, cabizbajo, pensativo mientras su padre lo observaba. Instantes breves hasta que levantó la cara… —Pero, el alma no se puede ver como lo hacemos con el mar, ¿por qué dices que es más grande? —Ven…
El padre lo condujo hasta lo alto de una roca. —¿Piensas que el mar es enorme? —Le preguntó a su vástago —sí, tanto que no alcanzo a mirar en dónde se termina —pues bien, las almas son aún ¡más grandes! Escucha: Mira la arena y esas rocas en donde se rompen las olas. Son un límite, una especie de contenedores para evitar que el agua se desborde —¿cómo si estuviera prisionera? —Indagó el pequeño —Sí. El alma no tiene límites, ni fronteras, y es tan grande que no distingues en donde comienza ni en donde se termina. Es libre, no así el mar —entonces, papá; ¿las almas son algo así como el cielo? —preguntó con gran curiosidad el niño. —Algo así —le respondió el papá.
—Hijo, el agua puedes tocarla aunque se escape entre tus dedos, pero el alma y el cielo..., no.
—¡Quiero tener el alma muy grande! ¿Puedo, puedo tenerla, papa? ¡Anda, di que sí puedo! —suplicó el menor mientras brincaba descalzo sobre la arena.

El padre se puso de rodillas para estar a la altura de su hijo y esbozando una sonrisa le respondió con gran seguridad…  —Claro que puedes, hijo, pero para tenerla, deberás como persona ser magnánimo.


sábado, 17 de junio de 2017

Me sacudiré mis miedos




Hoy me pienso sacudir el miedo, como lo hago con el polvo en mis ventanas. Titilaré como la flama de la vela que me alumbra, y meceré mis desvelos en la cama.
Me pararé frente al espejo, y admiraré los reflejos que de su cuerpo plano emanan. No sólo eso, acariciaré sus rasgos y los miraré a los ojos para decirles que por fin acepto el reto, el de conciliar mi mente con el alma.
Sí, hoy me pienso sacudir el miedo, sin importarme las cosas que vendrán mañana, porque el mañana es un futuro inexistente, que me presenta un panorama basado en la añagaza.
Mi statu quo lo demanda, al darme cuenta que la libertad es mansa, que no hay cadenas que aprisionen mi garganta, y que el Cenzontle entre la aves se distingue porque al amor…, le canta.
Hoy me pienso sacudir el miedo, para vestirme con el traje de la gloria, mi propia gloria, producto del tesoro que custodia mi memoria, cuyos recuerdos danzarán en el templete, hasta que llegue la invitada principal…, la muerte.
Decidido está, y si la sonrisa de mis labios no aflorara, recurriré al pincel que la simule, con acuarelas que dibujen el maná sin limitantes, para disfrutar el dulce néctar que por mucho…, me robaron mis amantes.
Y de avatares nada, porque la voluntad y la confianza que me asisten no desmayan. Así es que… ¡Miedo, prepárate! Porque no pienso perder esta batalla.