sábado, 29 de julio de 2017

La fruta de don Francisco


Pasos que avanzan, otros que se detienen, porque se cansan…

—Debemos caminar mientras estemos vivos— me dice don Francisco. Hombre que se sostiene económicamente con la venta de la fruta que transporta en su triciclo.
Sus ropas lucen desgastadas, y sus botas tipo militar hablan por sí solas. Sin duda, muchas millas caminadas.
Lo observo con detenimiento mientras disfruto de una buena porción de mango picado que dispuso en una de las bandejas desechables que utiliza para la venta.
—¿Hasta qué año estudió, don “Paco” —así le digo de cariño. Antes de responder se le mira reflexivo mientras lava sus manos en esa vieja cubeta que compaña a su triciclo…
 —¿Escuela? ¡No, hombre, que va! No terminé ni el tercero. No había tiempo para eso. Tenía que trabajar. Mi madre se quedó viuda muy joven. A mi padre, que en gloria esté, lo cogió una prensa hidráulica. Le deshizo su brazo derecho. Murió desangrado. Si su patrón lo hubiera llevado al médico de inmediato quizá se hubiera salvado, pero no quiso, dizque porque no tenían “seguro social”, y que tal si le cerraban el negocio por eso.
Hace una pausa…, una señora llega para pedir un coctel. —¡Mamá, mamá, yo quiero que le ponga de todo— le dice el pequeño que viste con el uniforme de la escuela a la que asiste. Don Francisco lo mira de reojo, corta un trozo de melón y le espolvorea picante en polvo —Toma, cómelo en lo que preparo lo que quieres, está dulce—. El niño mira a su madre —agárralo —le ordena la señora. Quien con una sonrisa franca le agradece a don Francisco.
Después de pagar la compra se retiran presurosos, la campana de la escuela suena, señal de que la puerta de entrada está a punto de ser cerrada.
—¿No le pierde, don Francisco?
—¿A qué, a la fruta que le regalé?
—A eso me refiero.
—¡No, hombre, qué va! Esta ropa que traigo puesta es un regalo de la señora. Era de su esposo. Él se fue a los Estados Unidos, pero allá pos…, se lo mataron. Siempre me compra la fruta, y a veces me invita un “taquito” de lo que guisa en su casa. Es re buena gente.
Nueva pausa. Un par de adolescentes se acercan para peguntar por los precios. Finalmente deciden. Adquieren dos vasos de los grandes rellenos de fruta picada. Le pagan.
—¿No tienes cambio?—. Les pregunta don Francisco. Son 40 pesos, pero el billete que recibe es de 50. Don Francisco busca entre sus bolsillos —Aquí tiene don “Paco” —le ofrezco una monea de a 10. —Gracias, güero, al rato ajustamos cuentas. Se vuelve a enjuagar las manos.
—Ya vienen las elecciones, la cosa luce difícil— me dice mientras se frota el mentón.
—¿Ya sabe por quién va a votar? Don “Paco” —él suelta tremenda carcajada.
—¡Ja, ja, ja! Yo no voto, ni a cuál irle. Todos son una bola de rateros. Dios nos proteja del presidente que llegue. Ya ves lo que está pasando con Venezuela. Pobres, esos sí que están fregados.
Lo malo es que uno no los escoge, ellos se ponen solitos. Haciendo acuerdos entre partidos, ya sabes, en lo oscurito. No sé pa que gastan tanto dinero en sus famosas campañas si todos sabemos que las elecciones son una farsa.
Hace 3 años estaba yo vendiendo a las afueras del mercado cuando se me acercó una diputadilla —Lo que se le ofrezca, señor Francisco, ya sabe que estamos para servirle— me dijo la muy ladina.
Mire, señorita, se lo digo con respeto. A mí sus cuentos de campaña me los sé ya de memoria, a otro perro con ese hueso. Se puso colora. —No desconfíe, don Francisco, estamos haciendo política moderna, ya no somos como antes. No vamos a defraudarlo— me dijo mientras me daba un folleto de su partido.
Antes de despedirse le dije… mire, señito. Se bien que después de las elecciones usted ya no se acordará de mí. Pero está bien. Míreme la cara para que no se le olvide.
Y como fue. Un día que necesitaba de su ayuda porque las autoridades me querían quitar mi triciclo fui a buscarla a su despacho. De eso ya pasaron 2 años y…, sigo esperando a que me reciba.
—¿Y usted qué hizo para que no le quitaran el triciclo?
—Tuve que darles dinero. Pero bueno, güerito. Es hora de retirarme, ya cerraron la escuela. Ahora me voy a la venta en el mercado.
—Espéreme, don Francisco. Aquí tiene, todavía le debo.
—¡Uyyy! ¿Otro billete?
—No se preocupe, don “Paco”. Mañana paso por el cambio.


Roberto Soria - Iñaki

miércoles, 26 de julio de 2017

Fabricantes de sueños



3 de la tarde, viajo en el transporte colectivo. A mi lado, mi hijo mayor quien ese día me acompaña. El Mexibus cruza la línea divisoria entre el estado de México y esa ciudad perdida llamada Chimalhuacán. Finalmente llegamos a nuestro destino. Llueve, es una lluvia que nos envuelve mientras caminamos unos 500 metros hasta llegar a la casa en donde impartiré mis cursos.
Y allí está, es doña Martha. Una señora de 83 años de edad. Cansada, muy trabajada por las extensas jornadas laborales que ha realizado a lo largo de su vida. Nos mira, sus ojos no pueden ocultar la felicidad que le produce nuestra presencia.
Sus labios dejan ver apenas un par de dientes que asoman cuando dice… «¡Bienvenidos, pensé que no llegarían!». —Doña Martha, no exagere, apenas son las 3:30 y el taller comienza hasta las 4:00— Le respondo cortésmente.
Junto a ella, Celerino. Un hombre maduro que no puede caminar. Mueve su silla de ruedas para franquearme la entrada. Estrecho su mano, áspera, quizá por el constante manoseo sobre las ruedas de su silla para que ésta avance.
Al escuchar mi voz hace su aparición Olegario, un hombre joven que camina con gran dificultad. Sus piernas no funcionan bien a causa de un accidente. Pero su sonrisa es amplia, fraternal. Doña Luz se acerca para saludarme. Es una mujer muy sencilla, en cierta forma tímida. También forma parte del grupo que pretendo preparar para enfrentar la vida.
Gradualmente van llegando los demás asistentes. En su mayoría no saben leer ni escribir. —Papá, yo les ayudo con el llenado de sus cuadernillos— me dice mi hijo. Un acto de solidaridad, o como yo le llamo, vocación de servicio. No necesito decir más nada, mi hijo conoce mi lenguaje a través de la mirada.
Doy inicio. Intercambio con el grupo algunas de mis experiencias, me miran atentos, me escuchan… —¡necesitamos de apoyos financieros, cierto!, pero si nadie nos ayuda no claudicaremos. Les voy a demostrar que cada uno de ustedes tiene talentos escondidos, habilidades dormidas que se mantienen a la espera de ser despertadas para emprender un negocio— les digo mientras que mi mirada escruta los rostros de cada uno en un intento por adivinar lo que ellos callan.
La confianza hace acto de presencia. Ezequiel y Margarita, su esposa, rompen el silencio. Me dejan ver a través de sus palabras lo crudo de su realidad. Mi corazón se estruja. La mayoría agacha la cabeza, como en señal de respeto.
Mi mente revoluciona para dar salida de mi boca a una serie de opciones que pueden llevar a cabo para sobrevivir. Sus miradas brillan. La esperanza por encontrar una salida que desahogue sus presiones económicas palpita. Doña Martha toma la palabra… —Yo vendí verduras muchos años, hasta que una enfermedad me llevó a perder lo que tenía. Ahora vendo hilos y listones. La vendimia no siempre es buena, pero no me rindo porque necesito comer. Además, tengo dos hijas; una es diabética y la otra no está bien de la cabeza. No pueden valerse por sí mismas. Es cierto que no sé leer ni escribir, pero si tú me explicas como mejorar en mi negocio, aprenderé.
Respiro profundo, intentando que mis emociones no se muestren quebradizas. —¡Nadie nos ayuda, y los que se acercan sólo vienen a quitarnos el dinero que con enorme sacrificio nos ganamos!— refiere con cierto enfado otro de los asistentes.
—¡Coincido con el compañero! A mí me han dicho que incluso los despojan de sus casas— hace eco doña Guadalupe. Mi voz por un momento se apaga. «Debo encontrar la forma de convencerlos de que todo lo que dicen no es mi caso.» Lo intento.
Finalmente me asisten las palabras. Mis dinámicas y el material didáctico se convierten en mis cómplices. Los asistentes confían, sonríen, se entusiasman. Hacemos bromas, me esfuerzo al máximo posible para que entiendan que lo único que busco es su bienestar.
Termina el curso, 4 horas de desgaste intelectual y emocional que tienen su recompensa…, la solidaridad.
Nos despedimos del grupo. La lluvia no ha cesado. Mi hijo y yo entramos a la estación del Mexibus para emprender el regreso. Un señor se nos acerca —les recomiendo que tomen otra ruta, el carril está cerrando a causa de un accidente. Un motociclista se mató más adelante— él no espera por una contestación, se marcha para continuar anunciando la noticia entre los demás pasajeros.
Mi hijo y yo nos hacemos múltiples cuestionamientos, no sólo por el evento, sino también sobre lo lamentable de la zona. Un lugar tan olvidado.
Algo pasa, el Mexibus hace parada y lo abordamos. Dos estaciones más adelante la unidad disminuye considerablemente la velocidad. Sobre la plancha de concreto hidráulico yace un cuerpo sin vida junto a una motoneta. La frazada que lo cubre se mira con manchas de sangre, mucha sangre diluida por la lluvia. Una ambulancia y una patrulla custodian el cadáver. Avanzamos.
Al día siguiente mi hijo me busca para mostrarme la noticia de los diarios…, 2 jóvenes, uno de 14 y otro de 16 años mueren atropellados. Escapaban en su motoneta a toda velocidad. Habían cometido un asalto pero en su loca carrera, un auto les quitó la vida.
Regreso a Chimalhuacán para seguir con mis clases, convencido de continuar, y necio por transformar en fabricantes de sueños, a futuros comerciantes.

Roberto Soria - Iñaki


jueves, 20 de julio de 2017

Un beso sin malicia




Ella, —«Asesina de mis sueños.»— no sé porqué, pero así me dio por llamarla. Se presentó en esa calle solitaria apenas iluminada por las farolas de neón apostadas en cada una de las 4 esquinas.
Yo andaba medio enfadado, acompañado de un equipo especial para filmar, de esos que logran grabar sin importar lo espeso y frío de la oscuridad. “Un martes en mi arrabal” Así bauticé aquel vídeo hace ya 14 años, con una leyenda al calce que cita oportunamente…, “sin fecha de caducidad”.
No tuve que esperar por mucho para ser testigo de una historia singular. Un auto negro de marca muy conocida se aparcaba en el lugar; eran las 9 en punto.
Vi descender el cristal de la ventanilla al lado del conductor. La luz de la cerilla iluminó por tan sólo unos instantes el rostro del tripulante quien se dispuso a fumar. Hombre mayor, no le calculo la edad.
Después de algunos minutos apareció una mujer, vistiendo una falda tan corta que dejaba al descubierto su consciencia y algo más. La redondez de sus pechos luchaba contra el sostén, y sus tacones de aguja marcaban el territorio con surcos imaginarios para fecundar la miel.
Llegó un tercero en discordia… gabardina en tono azul, zapatos de charol bicolor, pantalón inglés holgado y un sombrero de ala ancha. Mi cámara los enfocaba, testigo mudo de un baile de caricias y palmadas.
Los grillos se silenciaron, ¡se avivaron las farolas!, y sin decir más que un “hola” se fundieron en abrazos. «¡¿De dónde viene la música?!», me pregunté. Era un ritmo cadencioso que invita al enamorado, con sonidos de pianola, de chelos y Stradivarius. —Te amo—. Lo escuché con claridad, mientras ella le correspondía con un beso sin maldad.
Mis ojos se abrieron al máximo..., no sé cómo lo hizo, pero el hombre apareció una rosa entre sus propios dientes mientras que sus blanquecinas manos acariciaban de la mujer…, el vientre.
Se apostaron en un muro, cobijados por las sombras, pero la luna indiscreta sin querer perder detalle, los traiciona.
Los tacones se deslizan dejando los pies descalzos, y la falda celestina se levanta para dejar al desnudo los ardientes cuestionarios. Se le nota entusiasmada.
¡La música cesa, el silencio se agiganta!, y el hombre del automóvil los mira fijo a la cara —¡Malditos!— Les grita lleno de rabia. Desenfunda su pistola, y sin piedad les dispara, ¡no les da tiempo de nada!, y cuando sus cuerpos caen…, ella levanta la cara —¿Por qué lo hiciste, mi amor?..., era mi hermano mayor que vino a felicitarte; porque estoy embarazada.

sábado, 15 de julio de 2017

Sueños amortajados


Son las 6 de la mañana, pero ella no ha dormido nada. Sabe que la espera uno de esos días cargados de nostalgia. Se mira ante el espejo, temerosa de descubrir las huellas que el tic-tac de su reloj le ha regalado.
Sabe que debe ducharse, pero las ganas por hacerlo han desaparecido, lo mismo que el apetito de sus insulsos alimentos que danzan sobre la mesa del pequeño comedor junto a la sala.
La “soledad” le da los buenos días, pero ella no responde; está más que fastidiada de escuchar los decasílabos matutinos del silencio que se abraza a las persianas de la ventana aquella, en donde los rayos del sol se han estrellado.
—¡Anda, no comiences con tus devaneos!—. Le parece escuchar esas palabras provenientes del jilguero que habita entre las ramas del viejo sauce alojado a las afueras de su casa. El jilguero agita con fortaleza sus alas, mientras ella contempla el movimiento traduciendo esa cadencia de subliminales mensajes sobre la libertad tan anhelada.
Después de algunos minutos de reflexión estéril se pasea por el piso. 40 metros, y si acaso un poco más al tomar en cuenta la pequeña dimensión de la terraza. Esa es su casa, «Territorio de quimeras.» Así lo llama. Pareciera que los metros coinciden con su edad.
La última década ha sido para ella una verdadera guerra fría, en donde sabe que cualquier descuido de parte suya puede costarle la batalla. Es por eso que se encierra, atrincherándose con esos muros que sirven de guardianes protectores ante los males de una sociedad mundana.
Sus ojos se posan sobre el mueble que contiene sus tacones; no son pocos, sobre todo si se toma en cuenta que a la calle…, nunca sale. De colores varios, para combinarlos con la ropa que delata la esbeltez de su figura. Selecciona los tacones rojos, ya su mente relaciona la prenda delicada que habrá de lucir para seducir el espejismo del amor que tanto espera. Desempolva su vestido, de color ardiente como el fuego, de textura tan sutil como para enamorar al ego.
Sonríe, no por fuera. Se piensa que las muecas expresivas en su cara no son su mejor argumento. Se ducha, pero falta algo…, olvidó la lencería, esas prendas diminutas que se gozan en su cuerpo porque sabe que las luce sin mayor problema al igual que lo hacen las modelos de las mejores pasarelas.
Después de enfundarse en esos trozos de tela brocada se vuelve a parar frente al espejo…, se contempla, sabiéndose bella. Al terminar de vestirse le dedica tiempo a su melena. «No cabe duda, la peluquera ha realizado un buen trabajo.» Lo piensa mientras desliza el peine grande de carey sobre el cabello largo; 100 veces por lo menos, hasta lograr acomodarlo.
El neceser espera impaciente, el labial es el primero en asomar sin importarle ser el último que habrá de dar el toque de sensualidad a los delgados labios no besados. —¡Hey!, aquí estoy…, no te olvides de mí porque el aroma que te ofrezco es el mejor para impregnar ese cuerpo detallado—. Un perfume, de los caros.
El ritual ha terminado. Se encamina al tocadiscos, con la intención de escuchar su melodía favorita para bailar con el amante imaginario. «¿Te ofrezco de la cava?». Pronuncia pizpireta, en espera de que el viento le responda el “sí” que por tanto tiempo no ha escuchado.
Después de unos cuantos tragos el calor le ha sofocado… ¡Se desnuda, se excita, se toca!, y sus dedos recorren sin piedad su boca, hasta lograr estremecer las ansias que brotan por los poros de su piel…, y que la vuelven loca.
El clímax le acompaña en el proceso hasta coronar el dulce encuentro con la diva ilusionada, porque sabe que el momento es el final de esa mujer que 2 años atrás ha dejado de soñar, porque murió sin conocer, lo que era verse ante el espejo enamorada.


viernes, 14 de julio de 2017

Entre el amor y el olvido



Hoy te digo que te amo, sin haberte conocido, consciente de la distancia, y contemplando tu olvido.

No necesito mirarte, ni tocarte los sentidos, ni tener sobre tu falda, un hijo que no ha nacido.

Aún conservo la nostalgia, de los besos prometidos, y me aferro a la esperanza, de que calientes mi nido.

Más si el tiempo no me alcanza, para tener tus suspiros, pienso dejarte mi esencia..., Sin haberte conocido

Roberto Soria - Iñaki

jueves, 13 de julio de 2017

Juguetes del destino


Deambulaba por la calle sin sentido, él, Salvador era su nombre, quien tenía como fortuna tan sólo una moneda en su bolsillo. Luchando por mantenerse en pie, abriéndose paso entre la multitud que mendiga un trozo de pan porque las oportunidades en el mundo han fenecido.
—¡Epa!, hazte a un lado de mi Mercedes Benz, maldito mendigo, que lo vais a ensuciar con tus andrajos—. Le increpó aquel hombre que por su sola apariencia se le miraba ser un tipo rico. —Disculpadme, señor, no ha sido mi intención causar afrenta —pues con tu sola presencia lo habéis conseguido. ¡Anda, macho, marcharos de aquí, y que no te vuelva a mirar porque te rompo el pico!
Cabizbajo y ofendido continuó su andar, en busca de un trabajo para llevar el sustento a su casa, en donde su mujer lo esperaba al lado de sus dos pequeños hijos.
—Señor, he mirado su letrero en la cornisa, vengo a ver lo del empleo—. Refirió Salvador al tiempo que señalaba el anuncio que colgaba solicitando un mozo para hacer los deberes en el piso. —¡Ostras, tío!, ¿acaso te piensas que mi establecimiento es un lugar para tipos como tú, sin techo? —no, señor, permítame explicarle… —¡nada, nada! Anda, largo de aquí que no deseo que asustéis a nuestros clientes—. Le manoteo chasqueándole los dedos en la cara.
Así llegó hasta la plaza ubicada en pleno centro de la gran ciudad que le robaba el aliento. Se dejó caer en una de las bancas disponibles, hundiendo su cabeza entre las piernas, mirando sus zapatos sucios y desgastados. «Señor, ¿por qué me habéis abandonado?». Lamentaba mientras sus manos temblaban no por frío, sino por saberse de la vida, relegado.
Miró hacia lo alto de una torre, y su mente contempló la solución…, la del suicidio. «Querida, mis hijos, perdonadme por favor, os lo suplico.»
Se levantó con el pecho más que hundido, decidido a terminar su sufrimiento, encaminándose a la cita mortal con su destino. —Una limosna por favor, se lo suplico—. Se trataba de un menesteroso quien de la nada se interpuso en su camino. Salvador metió la mano en su bolsillo para extraer la moneda que guardaba.
—Tenga, buen hombre, en sus manos es más útil que en las mías —muchas gracias, mi señor, no por la moneda, sino por la acción de compartir conmigo tu destino. No llevéis a cabo lo que piensas, porque tus sueños morirán sin haberlos concebido.
Salvador giró la vista, un estruendo por demás escalofriante lo había sorprendido. Antes de salir corriendo quiso despedirse del mendigo…, pero ya no estaba. Se fue hacia la esquina; un auto conducido a gran velocidad se había estrellado contra un muro. El conductor había muerto en un instante, era el hombre del Mercedes Benz que momentos antes lo había menospreciado.
Los mirones se apiñaban en el lugar para satisfacer su morbo, mientras el ulular de la ambulancia se intensificaba en señal de que los paramédicos habían sido alertados… —¡¿Salvador, eres tú, Salvador?!—. Era un viejo conocido, “empresario prestigiado”, así lo puso en contexto aquél, que se decía ser su amigo.
Después de intercambiar palabras y escuchar lo sucedido, Salvador recibió la gran propuesta…, —no te preocupéis por nada, Salvador; porque trabajaréis conmigo.


Roberto Soria - Iñaki