domingo, 9 de julio de 2017

Vanidades


—¡Perdón!, os ruego que me disculpe —no se inquiete, señorita, quizá la culpa ha sido mía por no poder verle, pero…, dígame, ¿es usted habitante de este pueblo?—. La joven, de tez tan blanca como los nardos se sintió avergonzada por haber golpeado al invidente involuntariamente. —sí, lo soy. Pero…, oiga, ¿le apetecería tomar una taza de café conmigo?
El hombre aceptó. Se trataba de un tipo joven y alto. Entraron a la cafetería que se encontraba apenas unos metros más adelante… —¡Espere!, permita que lo ayude—. Se acomidió la mujer —entiendo muy bien de estas cosas, ¿sabe? Yo también fui invidente—. El hombre levantó la cara en señal de sorpresa y aguzó el oído. —¿Cómo ha dicho? —que fui ciega, producto de un accidente.
Mi novio y yo regresábamos de una fiesta, él había bebido bastante. Veníamos escuchando música a todo volumen, no nos percatamos que la luz roja en el semáforo se había encendido.
Un enorme camión cruzaba la avenida; todo sucedió en cuestión de segundos.
Cuando me desperté no supe lo que había sucedido. Sentí morir al enterarme de que había perdido la vista. Las fracturas en mis piernas eran lo de menos. ¡Y escuche lo que le digo!, ya que eso no era poca cosa, ¿sabe porqué? Porque yo…, era modelo.
Uso prótesis, así acabaron mis sueños, y cada que lo recuerdo; maldigo. —Y… ¿Su novio? —él murió en el accidente.

Hicieron una pausa para beber el café. El hombre estaba muy pensativo. La mujer lo miraba con detenimiento. «Debe ser bien parecido. Si no fuera por esas gafas.» Su pensamiento fue interrumpido por una pregunta extraña. —¿Podría tocarle la cara? —¡Perdón! —Disculpe, no ha sido mi intención faltarle al respeto —no, no, no, si no lo he dicho por eso, tan sólo me ha sorprendido. Ni siquiera nos hemos presentado. Por cierto, mi nombre es Sofía —el mío es Josep —bien, Josep, adelante, podéis tocarme la cara.
La mujer acercó su rostro a las manos de Josep. Él, más que tocarla parecía que dibujaba cada rasgo de su cara. —Muchas gracias—. Pronunció Josep.
La mujer se regreso a su asiento. —Hombre, pero si no ha sido nada —El rubio de sus cabellos debe ser impresionante —¡Jolines!, ¿y cómo sabe usted que soy rubia? —es de suponerse, sus rasgos son finos…, además, los invidentes desarrollamos un sexto sentido. Lo lamento —¿a qué se refiere? —A lo del accidente; de verdad lo siento —vale, tío, que no pasa nada. Después de todo soy mujer afortunada —¿Afortunada? —Sí…, mis ojos. Un hombre desconocido decidió donar sus corneas. No pude agradecerle.
Mi familia me decía que se trataba de un enamorado anónimo «¡No lo recuerdas!, aquel que te mandaba flores al lugar en donde modelabas.» Me decían. Y yo pues…, con tantos admiradores, la verdad no lo recuerdo. ¡Pero bueno, macho, que te debes estar aburriendo!
Hablaron de vanidades. Josep se ofreció a pagar la cuenta, pero Sofía no se lo permitió… —Ha sido un placer conoceros —el placer es todo mío, Sofía.
Josep se retiraba del lugar, tropezó con otra mujer. —¡Perdón! —dijo Josep disculpándose por el incidente, pero la mujer no le respondió. Él, acostumbrado al silencio indolente continuó con su camino… —¡Sofía! —¡Diana!, mujer, pensé que no llegarías —más vale tarde que nunca, querida. Pero…, ¡mira pues, vaya que grata sorpresa, guardado te lo tenías! —¿A qué te refieres, Sofía? —no finjas, me refiero a lo de Josep —pero, ¿!cómo, lo conoces?! —¡Claro, mujer, es el hombre que donó sus corneas!


Roberto Soria - Iñaki