viernes, 30 de junio de 2017

El soneto de la Cava



—La taberna está vacía, caballero—. Dijo el barman en su intento por romper el gran silencio que permeaba en el ambiente. El hombre que se apostaba en la barra jugueteaba con un vaso entre sus dedos.
—Ella brindaba con Cava…, —balbuceó sin levantar la mirada. —¿Perdón? —la mujer que tanto quiero, amigo, a ella le gusta del Cava. No le apetece del Ron. —¿Quiere que sirva otro trago?—. Se acomidió el tabernero al tiempo que secaba los restos de la humedad que había dejado el vaso sobre la noble madera.
El hombre no respondió, hurgó con la mirada cada uno de los cuatro muros en el interior. —El enorme tocadiscos, ¿aún funciona? —Sí, señor ¿desea escuchar algo? —¿Tienes canciones de Arjona? —¡¡¡Por supuesto, patrón, las que quiera!!! —Señora de las 4 décadas, pero antes de ponerla sírveme otro trago doble, por favor.
La música se presentó, acompañada de luces multicolores que se desprendían del viejo reproductor. El hombre bebió hasta el fondo el contenido de su vaso, consciente de que eso ayudaría para que su garganta abriera…, el barman depositó los codos sobre la barra, escuchándole cantar entre desgarros acompañando la letra.
Al término de la canción el hombre se cruzó de brazos, con la cara levantada como mirando en la nada. —¿Le ha dejado esa mujer?—. Le preguntó el cantinero, habituado a escuchar de desamores —No, la he perdido que es diferente. Aunque a veces me pregunto, ¿cómo he podido perderle? Si yo nunca la he tenido, si mis ganas por mirarla construyeron nuestro nido. Los sueños que edificamos nos arrancaban suspiros, y puedo decir que la tuve sin haberla conocido…
El amor, cantinero, eso es el amor. No necesité de un beso, tampoco de mil caricias, tan sólo me conformaba con tenerla entre sonrisas. Jugando como dos niños entre el tiempo y la distancia, sin comprender muchas cosas a causa de la ignorancia. Sí, la amé, la sigo amando, y pienso que siempre lo haré.
Las palabras, mi querido tabernero, se vuelven losa pesada —no lo entiendo, caballero, ¿cómo ha podido quererla sin haberla conocido?, —no tienes que comprender, yo solo sé lo que digo —¿quiere que sirva más Ron? —no, mejor algo de la Cava, para olvidar el dolor, de la mujer que me amaba.


Roberto Soria - Iñaki

jueves, 29 de junio de 2017

Ultraje


Entró lánguidamente, en esa habitación atiborrada por los grillos, cuyos parapetos estaban tapizados con emplastes del olvido. Las telarañas envolvían cual capullo a la bombilla que pendía del techo, opacando la viveza en los destellos de la luz que de por sí…, se había extinguido.
Había un camastro, deteriorado por el moho, producto de las lágrimas y el desamor de muchos otros que en su cruda realidad…, se habían establecido en el colchón como su nido. Hombres y mujeres condenados sin razón al cruel desprecio, marcados en gran parte de su cuerpo por las llagas de la negligencia médica, indolencia por muchos practicada sin importarles el juramento Hipocrático que los vistió de blanco, como a los mismos ángeles en el estrado del Olimpo.
—¡Mujer…, siéntate que voy a desatarte!—. Pero ella no lo escucha, porque su mente se encuentra encadenada a las pastillas, esas píldoras suministradas en contra de su voluntad con el pretexto de cuidar su integridad adormecida.
El enfermero que la custodia desliza sus inicuas manos sobre la tela que cubre las partes más sensibles de su cuerpo. Su lascivia le rasga la pequeña bata en derredor de los pezones.
Ella se sienta, dejando al descubierto sus desnudas piernas mientras el responsable de cuidar de su salud le besa el cuello. La recuesta en el camastro, para invadir su intimidad sin el permiso del pudor que la mantiene viva. «¡Maldito!». Pareciera pronunciar el chirrido de la cama. No hay testigos, si acaso aquel cerrojo de la puerta que atisba en la hendidura de la llave la vergüenza de aquel acto criminal, digno de olvido.

De colores

Me perdí entre sus colores, sin saber que yo era el blanco y negro...



Roberto Soria - Iñaki

Lágrimas de sangre

No le llores, corazón, que el tiempo te traerá el olvido...



Roberto Soria - Iñaki

El amor de la bestia

El amor también te atrapa entre sus garras....



Roberto Soria - Iñaki

Olvido y desamor

El olvido y desamor también tienen un aroma...




Roberto Soria - Iñaki

Muñecas de trapo



—Papá, ¿por qué nosotros somos pobres? —no lo somos, hija, ¿qué te hace suponer eso? —Porque no tenemos lo que otros poseen, como mi amiga Elisa. Ella lo tiene todo, no le hace falta nada.
El hombre guardo silencio por unos instantes, hurgó entre los bolsillos de su raído pantalón hasta extraer un par de monedas que atesoraba para la cajita de los ahorros que tenía en su casa. —¿Quieres un mantecado?, —le preguntó a su pequeña hija… —¡Sííí, de chocolate, con granulado de muchos colores!
Caminaron hasta el establecimiento más cercano. Después de ordenar el mantecado se encaminaron hacia el parque que se encontraba justo en frente de la nevería. —¡En esa banca, papá, en esa banca de allá, la que está cubierta por la sombra de los sauces!, —gritaba y brincaba jubilosa en medio de las palomas que se apiñaban en el lugar para comer las migas que algunas personas les arrojaban.
—¿Te gusta tu mantecado?
—¡Está delicioso, papá!
—¿Y las palomas?, dime, ¿también te gustan?
—¡Sí, papá!, y la sombra de los sauces, y el agua que brota de la fuente, y las nubes, el sol…¡hasta el aire que respiramos, papá!
—Lo ves, no somos pobres, tenemos todo lo que la vida no ofrece.
—Pero…, no entiendo, papá; es que mi amiga Elisa me dejó de hablar porque dice que soy pobre.
—No, hija, sólo lo ha dicho para justificarse. Escucha:
Existen personas que no se identifican con otras por su forma de pensar o de sentir y solo buscan pretextos para romper con la amistad. Hay quienes se aburren muy rápido de lo que poseen, otros buscan incesantes aquello que les produce una felicidad momentánea.
—Entonces, ¿no soy pobre?
—No, porque tú disfrutas de la vida, sobre todo de lo que es perdurable; como el amor, como la naturaleza misma.
—Pero ella tiene muñecas muy costosas que le regala su padre, ¡y yo no las puedo tener! ¿Por qué, papá?
—Porque su padre le regala cosas que el dinero compra en su intento por darle felicidad, en cambo yo te obsequio lo más importante, mi cariño, mi tiempo, ¡tu mantecado!…, o dime, ¿acaso su padre la recoge cuando sale del colegió?
—No, papá
—¿O juega con ella como lo hacemos tú y yo en el traspatio?
—No.
—Lo ves, ninguna de las dos posee lo mismo, y con seguridad puedo decir que tú eres más feliz que ella, aunque tu muñeca sea de trapo.


Roberto Soria - Iñaki

lunes, 26 de junio de 2017

Mil consejos


¡Hey! ¿Qué te piensas que estáis haciendo? —Inquirió aquel hombre de baja estatura y pelo cano —me pienso quitar la vida porque estoy sufriendo demasiado.
El hombre la observó con detenimiento, y después de frotarse asimismo la cara pronunció…, —mujer, pero el puente no es tan alto, y en lugar de suicidarte podríais salir lastimada.
La mujer, que tenía ya una pierna montada en aquella barandilla frunció el entrecejo; —No entiendo, son más de 40 metros de altura —le comentó mientras bajaba la pierna. —Hablemos —le propuso  el hombrecillo —quizá si logro explicaros mi teoría te decidas por otro medio para terminar con tu existencia —¡¿Cómo, acaso no pensáis detenerme?! —no, ¿por qué habría de hacerlo, después de todo es tu vida.
Desconcertada, la mujer se acercó a quien sin mover un dedo le había hecho desistir momentáneamente de tan aberrante decisión…
—Mujer, ¿de verdad te piensas que 40 metros son demasiada altura para quitarte la vida?
—¡Jolín, pero por supuesto que lo es!
—Para mí no, si yo decidiera lanzarme lo haría desde las nubes, y de ser posible…, más alto.
—¡Macho! ¿Estáis orate?
—No, ¿y tú? Te explicaré… Si me arrojase desde las nubes tendría el tiempo suficiente para respirar el aire, tanto, que mis pulmones se llenarían del oxigeno que a muchos les hace falta; eso haría que mi caída fuese más lenta, suave. Extendería mis brazos y mis piernas, ya sabes, como emulando a las aves. Contemplaría la naturaleza, incluso las edificaciones. También me regocijaría mirando a tantas personas del tamaño de una hormiga, yendo y viniendo en busca de la felicidad por muchos tan anhelada.
Hurgaría con la mirada hasta encontrar un establecimiento de esos en donde sirven la comida, ¡claro!, hablo de mi favorita. Allí es donde descendería, y después de comer buscaría un parque, acomodaría mi culo en una de las bancas disponibles en espera de la llegada de una mujer especial. Para cantarle al oído, para besar su boquita, para entregarme a su cuerpo, para decir que me excita.
Sí, eso es lo que yo haría. Y si acaso ella se sintiera de la vida muy cansada, la llevaría por el mundo sin pensar en el mañana, sin dinero en los bolsillos, pero con oro en el alma. Porque la vida es hermosa, porque le tengo confianza, sólo es cuestión de creer, de no perder la esperanza.
—Pero… ¡¿y las vicisitudes, las personas que son malas?!
—No estoy casado con eso, lo mundano no me incita, pero… ¡Jolines, te estoy quitando tu tiempo! ¿Te ayudo a buscar otro puente?

—No señor, muchas gracias, prefiero seguir escuchando, porque su charla es bonita.


Roberto Soria - Iñaki

domingo, 25 de junio de 2017

Bodas de oro


La beso, como si en ese beso le fuera la vida, intentado robar y transmitir simultáneamente ese hálito que sin palabras, citaba la poesía. Le acomodó su cabello, introduciendo sus dedos desde la base y hasta la punta extrema para después… besarla de nuevo. «¿Recuerdas cuando nos conocimos aquella tarde de domingo en primavera?», —le peguntó al tiempo que sus manos le prodigaban a la muer tan amada carretadas de caricias, «y aquí sigues, junto a mí, ofreciéndome la pasión perturbadora como lo hiciste ayer, y como lo has hecho desde hace 18,500 días».
El enamorado se puso de rodillas, ostentando jubiloso entre sus manos una argolla. Suplicante, con lágrimas en los ojos formuló la tan ansiada pregunta contenida en su garganta, esa propuesta que naciera hace poco más de 50 años y que hoy…, la pronunciaba para refrendar el amor que le tenía. —¿Te casarías otra vez conmigo? Te lo pido convencido de que como tú, no encontraré mujer alguna, porque el amor que concebimos sigue vivo, porque te sigo necesitando, porque sigues firme dentro de mi corazón como lo hace la raíz del árbol de los olivos, porque mi piel aunque marchita sigue estando sedienta de la tuya.
El hombre guardó silencio en espera de la respuesta que aliviara su quebranto; con gran dificultad se levantó, y con gran ternura, a su noble compañera…, le acariciaba las manos —Hemos vivido momentos complicados, pero jamás nos hemos separado, hemos experimentado pasajes extraordinarios y con placer, los hemos disfrutado. Es por eso que te ruego…, cásate otra vez conmigo.
Su concentración en el ritual fue interrumpida, un hombre joven entraba al aposento para decir…, —papá, los servicios funerarios han llegado.


miércoles, 21 de junio de 2017

Sueños hechos realidad





La conoció en un sueño, uno de esos sueños de los que no se quiere despertar, un sueño repetitivo en donde las olas del mar se levantan majestuosas… —¿Qué pasa, hombre?—. Le preguntó preocupado el mejor de sus amigos —Nada, Jonás, que la he vuelto a soñar —estáis obsesionado, José Manuel, habéis cogido el mal del marinero.
José Manuel le había contado de sus sueños a su amigo. Se trataba de una Sirena, una de esas deidades existentes aparentemente sólo en la mitología…
—Es mejor que os apuréis, Chema, o llegaremos tarde para la pesca, son casi las 4 de la mañana —le advirtió Jonás mientras terminaba de vestirse.
La pequeña embarcación ya estaba lista, era la hora de realizar la faena. José Manuel y Jonás formaban parte del grupo de pescadores que moraban en esa pequeña demarcación. Chema, —como Jonás lo llamaba—, había quedado en la orfandad desde muy pequeño. A su padre se lo había tragado el mar en una de las jornadas y su madre, víctima de la depresión se había dejado morir.
—¡Jolines!, el mar está muy picado, José Manuel, además, es tarde y se avecina una tormenta—. Le dijo Jonás con algo de dificultad ya que viento era fuerte y las olas se levantaban por encima de los 4 metros provocando gran estruendo.
—¡Jonás, Jonás!; ¡¿escuchasteis?!..., ¡es ella!
—¡¿Qué, de qué coño estáis hablando!?
—¡Escuchadle, me está llamando, debemos navegar mar adentro!
—¡¿Habéis perdido el juicio?!...¡moriríamos!
—¡Debemos ayudarla, está sufriendo, si no queréis apoyarme comprenderé!
Jonás no dijo más. Se internaron entre las embravecidas olas remando con gran esfuerzo —¡Aquí, es aquí, Jonás!—. Gritó José Manuel, y sin decir más se zambulló en el agua.
Minutos de eternidad, así le parecieron a Jonás esos instantes. La tormenta se había desatado… —¡Chema, Chema!—. Gritaba desesperado Jonás, quien estaba a punto de saltar de la pequeña embarcación en su intento por rescatar a José Manuel, pero no fue necesario, José Manuel se montaba ya en la barca con algo de dificultad.
Llevaba consigo un cuerpo, Jonás no podía distinguir porque el torrencial se lo impedía… —¡Rema, vamos, rema!— Gritaba José Manuel.
Cuando llegaron a la orilla José Manuel tomó aquel cuerpo entre sus brazos alistándose para desembarcar, Jonás los miraba con asombro —Es ella, Jonás, la mujer de mis sueños, la que debía liberar, la que debo proteger… Jonás estaba boquiabierto hasta que finalmente pudo pronunciar; —disculpadme, Chema, por favor —¿de qué estáis hablando?, mi gran amigo Jonás —por ser incapaz de ver, lo que tú podéis mirar.

Roberto Soria – Iñaki.

martes, 20 de junio de 2017

El joven de la chaqueta negra


Caminaba 200 metros, ida y vuelta, un poco más de lo acostumbrado. Cobijado por las sombras, el regalo perfecto que le dejaba cada noche. Se sentó sobre la acera e introdujo su mano izquierda en su chaqueta de cuero; negra, resistente como el mismo acero.
Extrajo un lienzo de papel arroz y un envoltorio pequeño que contenía marihuana. Con gran habilidad forjó el pitillo mientras sus ojos observaban en todas direcciones, no por clandestinidad, sino para atisbar la cercanía de su víctima…, pero nada.
Mientras su mano derecha conducía el cigarrillo hacia su boca, su mano siniestra tallaba la cerilla sobre la suela de una de sus botas. Fumó, aspirando el humo una, otra y otra vez hasta que se lo terminó. —Son las 2 de la mañana, de seguro ya no tarda. Según lo que me dijeron debe venir bien forrado de billetes, le voy a clavar el fierro, después le quito el portafolio y, ¡a gozar!— se dijo a sí mismo mientras recorría la zona.
Sus manos temblaban, sabía que necesitaba de algo más fuerte. En el interior de su chaqueta se encontraba el subterfugio perfecto para aminorar su nerviosismo extremo.
Una pequeña bolsa de plástico que se deslizó entre sus dedos, al abrirla le introdujo un popotillo. Aspiró profundo, hasta lograr que el polvo entrara por su fosa nasal, después se relamió los dedos.
3 de la mañana, el esperado no llega, decide regresar al punto de partida, en ese callejón que le sirve como madriguera, pero antes de llegar a la esquina se detiene, algo atípico lo espera. «¡Joder, lo que me faltaba!». Era un auto de la policía, también había una ambulancia.
—¡Hijo, mi hijo!— gritaba una mujer, desesperada por la tragedia ocurrida a ese joven que yacía en el suelo.
—Disculpen, pero necesito hacerles unas preguntas —pronunció en voz alta un oficial de policía. El hombre que acompañaba a la mujer se acercó secándose los ojos —Oficial, él es... es decir, él era mi hijo...

Después de formular las preguntas el oficial se dirigió hasta la patrulla para emitir su reporte por la radio… —Afirmativo pareja, afirmativo; masculino, 17 años de edad, dos perforaciones en el cráneo por arma de fuego, portaba una chaqueta negra, de cuero…

Roberto Soria - Iñaki

lunes, 19 de junio de 2017

En las garras de Morfeo



—Mujer, ¿por qué deslizas una lágrima en tu almohada? —Es porque me siento incomprendida—. Le respondió la mujer al gran Morfeo.
La mujer había sufrido, era evidente. Realizar una lista de sus males sería el equivalente a un gran compendio. Siguió soñando, remendando lo raído de sus penas, abriendo sus valijas viejas, algo muy difícil para ella debido a las dolencias en sus manos por el reumatismo tan perverso que llegó para quedarse, aún ella sin quererlo.
La mujer hizo una pausa en su faena, en medio de su alucinación llegaron los recuerdos. Uno a uno hicieron su aparición los protervos… —¡Les di toda mi confianza, abrí las puertas de mi casa para ellos y a cambio del favor qué es lo que hicieron!, un estoque me clavaron por la espalda—. Lamentaba arrepentida al evocar tales sucesos.
—Pero… ¿Qué estás haciendo?—. La cuestionó Morfeo —Me deshago de este orbe putrefacto y deshonesto —pero, ¡es tu mundo! Además, ¡tú no puedes hacer eso! —¿Por qué no? —¡Porque yo soy el dueño de tus sueños!—. Le dijo al tiempo que le sujetaba de las manos.
—¡Basta ya!—. Decretó la mujer con voz segura, y en un solo movimiento de las garras del captor logro zafarse. —¡Detente, estás arruinando nuestros sueños! —no digas eso, Morfeo, que nos son nuestros, son los tuyos. He vivido prisionera en tus deseos, cual misógino me encadenaste a tu barbarie; pero ya no tengo miedo, ¡Mira lo que hago con tu mundo, con tus puñeteros sueños!
Al ver que la mujer lo retaba destruyendo todo lo que él había edificado, colérico estalló en su contra —¡Ja-ja-ja! ¿Y qué harás, mujer?..., ¡sin mí no vales nada! —equivocado estás, Morfeo, y lo vas a comprobar porque sin ti, voy a construir mis propios sueños.


Roberto Soria - Iñaki

El alma y el mar



Caminaban sobre lo suave de la arena bajo los rayos del sol, y escuchaban el sonido de las olas que rompían en el acantilado. La inmensidad del mar escapaba ante sus ojos perdiéndose en el horizonte… —Papá, —se dispuso a preguntar el pequeñín quien caminaba con su padre tomados de la mano —¿existe algo más grande que el mar?
El padre se detuvo, hilvanó sus respuestas en la mente intentando procesar lo que diría para que el pequeño entendiera sus palabras, sabedor de que su hijo no se conformaba con hacer tan sólo una pregunta. —Sí, hijo, existe algo mucho más grande que el mar; es el alma.
El niño se sentó hundiendo sus pequeñas manos en la arena, cabizbajo, pensativo mientras su padre lo observaba. Instantes breves hasta que levantó la cara… —Pero, el alma no se puede ver como lo hacemos con el mar, ¿por qué dices que es más grande? —Ven…
El padre lo condujo hasta lo alto de una roca. —¿Piensas que el mar es enorme? —Le preguntó a su vástago —sí, tanto que no alcanzo a mirar en dónde se termina —pues bien, las almas son aún ¡más grandes! Escucha: Mira la arena y esas rocas en donde se rompen las olas. Son un límite, una especie de contenedores para evitar que el agua se desborde —¿cómo si estuviera prisionera? —Indagó el pequeño —Sí. El alma no tiene límites, ni fronteras, y es tan grande que no distingues en donde comienza ni en donde se termina. Es libre, no así el mar —entonces, papá; ¿las almas son algo así como el cielo? —preguntó con gran curiosidad el niño. —Algo así —le respondió el papá.
—Hijo, el agua puedes tocarla aunque se escape entre tus dedos, pero el alma y el cielo..., no.
—¡Quiero tener el alma muy grande! ¿Puedo, puedo tenerla, papa? ¡Anda, di que sí puedo! —suplicó el menor mientras brincaba descalzo sobre la arena.

El padre se puso de rodillas para estar a la altura de su hijo y esbozando una sonrisa le respondió con gran seguridad…  —Claro que puedes, hijo, pero para tenerla, deberás como persona ser magnánimo.


sábado, 17 de junio de 2017

Me sacudiré mis miedos




Hoy me pienso sacudir el miedo, como lo hago con el polvo en mis ventanas. Titilaré como la flama de la vela que me alumbra, y meceré mis desvelos en la cama.
Me pararé frente al espejo, y admiraré los reflejos que de su cuerpo plano emanan. No sólo eso, acariciaré sus rasgos y los miraré a los ojos para decirles que por fin acepto el reto, el de conciliar mi mente con el alma.
Sí, hoy me pienso sacudir el miedo, sin importarme las cosas que vendrán mañana, porque el mañana es un futuro inexistente, que me presenta un panorama basado en la añagaza.
Mi statu quo lo demanda, al darme cuenta que la libertad es mansa, que no hay cadenas que aprisionen mi garganta, y que el Cenzontle entre la aves se distingue porque al amor…, le canta.
Hoy me pienso sacudir el miedo, para vestirme con el traje de la gloria, mi propia gloria, producto del tesoro que custodia mi memoria, cuyos recuerdos danzarán en el templete, hasta que llegue la invitada principal…, la muerte.
Decidido está, y si la sonrisa de mis labios no aflorara, recurriré al pincel que la simule, con acuarelas que dibujen el maná sin limitantes, para disfrutar el dulce néctar que por mucho…, me robaron mis amantes.
Y de avatares nada, porque la voluntad y la confianza que me asisten no desmayan. Así es que… ¡Miedo, prepárate! Porque no pienso perder esta batalla.

jueves, 15 de junio de 2017

Ella baila sola






Lánguidamente se desplaza entre las sombras, arrebujada por una toga de desvelos, ella, tan pequeña como la luciérnaga, pero llamativa por la luz de sus consuelos no me mira, porque su mente no distingue las quimeras.
Me tiro en esa acera, un love seat sin duda imaginario. Grito fuerte, en deseo de que ella escuche los vocablos que provienen de mi boca. Palabras desordenadas, párrafos repetitivos, tanto como las gotas de la lluvia que se presenta sin invitación en esa espera.
La contemplo, sí, a esa, la mujer que me confunde con sus letras, mientras ella se desnuda ante mis ojos, en plena calle, ante la mirada temblorosa de las farolas que con gran dificultad intentan disipar las lobregueces, porque la luz que se desprende de sus velas no es intensa.
Dos centenares de noches, tal vez un poco más, es el tiempo que yo llevo presentándome puntual a nuestra cita, para escribir en los folios de mi mente su sonrisa, con esa pluma que de mi corazón…, extrae cada gota de su roja tinta.
Pero su sonrisa no llega, se distrae, vislumbrando esa felicidad reputada como efímera, en donde yo juego un papel nada importante, consciente de que soy espectador, quizá, el más interesante.
La lluvia arrecia, pero yo sigo sentado, con mis ropas empapadas por la incapacidad de no saber controlar el torrencial que se avecina. Ella levanta la cara, para mirar las manecillas del reloj que pende de los muros invisibles, para comprobar que el tiempo se detiene, al menos en su mente.
Comienza el baile, esa danza que realiza sin inhibiciones porque se sabe sola, sin ojos que censuren la ruptura del compás ante sus yerros, sin la presencia de labios que repriman los movimientos excitantes de su cuerpo, contoneos desbordantes, sí, con el afán de sacudirse lo que no quiere adoptar porque proviene de sus propios miedos.
Ella baila sola, porque el danzarín que no equivocará los pasos se retrasa, ese, el que ella espera la conduzca hacia la gloria mientras yo… me sigo presentando en el estrado.
Termina su ritual, se viste, sin importarle lo mojado de sus ropas, y se marcha silenciosa —¡Espera, aquí estoy!—, un baladro de amor imperceptible para ella, no así para mis labios.
Parado en el medio de la nada miro desaparecer su silueta. Mis ojos buscan el reloj inexistente, sus manecillas otra vez se mueven, la luz de las farolas titila intensamente, y la lluvia que se proyecta contra el suelo me despide especulando…, quizá mañana.


Roberto Soria - Iñaki

miércoles, 14 de junio de 2017

Con el paso de los años



—¿Ya viste?, esos pobres ancianos, aquellos que conociste hace más de 30 años—. Digo para mis adentros mientras mis ojos contemplan las siluetas de dos viejos conocidos que rayan en los 90…, sí, casi 90 años, ¿y yo?, quejándome de los que tengo.
            Me miran y se me acercan, son menos de 20 metros los que deben caminar para llegar hasta mí, es la anchura que tiene nuestra calle… —¡Señora, señor, es un placer saludarlos!—. Les digo mientras mis manos estrechan las de la vieja pareja. Es entonces que la percibo, sí, la falta de fortaleza.
            Ojos hundidos, piel reseca, ¡escaso cabello, dentadura no completa!..., y sus pasos, tan cansinos… —¿Cuántos años sin vernos?—, me pregunta la señora mientras el señor, su esposo, levanta con gran esfuerzo su testa —pero, pasa, ¡hablemos de los buenos tiempos!—. Su voz es tan quebradiza que apenas puedo entenderla.
            Caminan delante de mí, apoyados por sus bordones mientras mis pasos se frenan al ritmo de sus talones. Me acomodo en la butaca de la estancia, el aroma en el ambiente huele a viejo. El polvo sobre los muebles se mide sin ningún problema.
En uno de los rincones se aprecia un tanque de oxigeno, junto a él, una silla de ruedas… Mi vista no se detiene; cuadros, figurillas de porcelana, trastos sucios, y en una de las esquinas, también una telaraña —Es hora de tu medicina—. Se acomide la señora mientras el marido se encamina al baño.
Me ignoran, sin intención por supuesto; 5 minutos, quizá 6, en realidad no lo sé, pero más o menos es el tiempo que le toma a la señora disponer de los medicamentos…, se gira despacio —Ouch, ¡otra vez estas rodillas!—. Sus manos tiemblan, sí, el Parkinson es su invitado.

Al mirar que su marido no regresa ella se encamina al baño. La puerta no está cerrada —¡Viejo, otra vez te has hecho fuera!, anda ven, debemos cambiarte la ropa—. Pasan delante de mí, por fin me miran, y tomados de la mano me preguntan… —Disculpe, ¿en qué podemos servirle, estaba nuestra puerta abierta?

martes, 13 de junio de 2017

Zeep, el mensajero

Zeep, el mensajero




Zeep, el mensajero. 

Copyright © 2017 by Roberto Soria – Iñaki 
ISBN: 9781521326954 

Una obra de ciencia ficción que te presenta pasajes históricos sustentados, los cuales…te harán pensar.

Puedes adquirirlo en Amazon.es Disponible en versión digital e-book, y en papel, tapa blanda. 

No tengo duda de que pasarás momentos maravillosos en compañía de este singular personaje, el cual, te robará el corazón. 

Para ustedes, mis queridos lectores, dejo un fragmento de mi libro. Muchas gracias por leerme. 

Abordamos el avión que nos conduciría de regreso a casa, el viaje sería luengo, así es que me coloqué los auriculares para escuchar algo de música clásica mientras mis padres comentaban sobre el viaje.
Sobrevolábamos los andes, un espectáculo sin duda indescriptible en donde la naturaleza nos brindaba paisajes únicos en su especie.
La blanca nieve envolvía la zona haciéndola parecer el paraíso mismo. Mis padres voltearon a verme señalando con el dedo índice lo que estaba ante sus ojos, levanté mi pulgar en señal de aprobación y sonreímos.
Nuestro contacto visual fue interrumpido por la azafata quien con toda cortesía nos invitó algo de beber. No tuve tiempo de ordenar, un fuerte impacto seguido de llamas en uno de los costados del avión me perturbó.
Gritos, pánico y plegarias entorpecían cualquier acto de razonamiento. Yo miraba en todas direcciones tratando de entender lo que sucedía. El sobre cargo gritaba que guardáramos calma —¡Abrochen sus cinturones y coloquen su cabeza entre las piernas!—. Ordenó con voz que denotaba pánico.
Mientras nos desplomábamos alcancé a ver el objeto que nos había golpeado; era oval, tapizado de luces brillantes como las de los reflectores que iluminan un estadio de fútbol. Giraba en sentido opuesto a las manecillas del reloj.
Mi mente revolucionó, por un instante pensé que se trataba de un acto terrorista, pero de inmediato descarté esa posibilidad.
Todo sucedió muy rápido, los pasajeros miraban sorprendidos a través de las ventanillas…, —¡es un ovni, son extraterrestres!—, exclamaban angustiados preguntándose entre sí tantas cosas. En efecto, se trataba de un avistamiento.
Busqué con la mirada a mis padres, el contacto visual fue acompañado de un “te amo” en coro de su parte, según lo pude leer en el movimiento de sus labios.
No supe si escucharon mi contestación ya que el ruido emitido por el aeroplano en pleno pique y los gritos incesantes de la gente lo impedía.

El avión caía mientras yo cerraba mis ojos en espera de un milagro. Es lo último que recuerdo…